Inevitable

Me llegaste
como me llega todo:
de golpe y a destiempo
como llegan las heladas de junio,
con la alevosa idea de malograr
la paciente labor de los cerezos
(y humedecer la tierra).

Me desfondé
como se rinde una plaza sitiada:
de puro agotamiento.
Y me divertía tanto
tratar de adivinar
a través de tus ojos
tu mundo aterrador, vibrante y nuevo…

Desaprendí
y aprendí a reinventarme,
a desgranar las horas,
modular la distancia
y cocinar el tiempo;
a proyectar
en la robusta promesa de tu cuerpo
todo lo que no soy,
todo lo que no tengo.

Y descubrí
que un segundo puede abarcar el tiempo,
que la eternidad, como el calor,
se lleva dentro,
y que podía
resucitar tres días, con sus tres noches,
—como aquel personaje de leyenda—
para morir de nuevo.

Y ahora no sé qué hacer
con toda el ansia que me bulle dentro,
con toda la nostalgia,
todo el ardor,
el estúpido anhelo
de la avidez obstinada de tus labios,
de la impaciente magia de tus dedos
descubriendo mi cuerpo.

Me rebocé
en el narcótico jugo de tu esencia
y no pensé
ni por un mísero momento
cuán de repente
puede llegar, a veces, el invierno.

 

 

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