Salobre

Bastión de hielo y fuego, ariete de mi alma,
arquetipo encarnado de hierro, giste y miel,
regalo de los dioses, préstamo de las Nornas,
antojo del destino, querencia de mi ser,

tú, que has llegado a mi estío como brisa del norte
—sin llamar, sin permiso, sin tregua, sin cuartel—;
tú, que has tejido en mis tuétanos un brocado de abrazos
donde me enredaría para nunca volver,

déjame dibujar a besos esta noche
el mapa más preciso que se ha hecho de tu piel
para poder perderme en el millón de horas
de honda y gélida ausencia que han de venir después.

Porque la vida es corta, porque la vida es una,
porque tus ojos plúmbeos mañana extrañaré,
déjame que esta noche reinvente mis heridas
con el elixir cáustico de la sal en tu piel.

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