Edda y las manzanas

Paseando por ese lugar deliciosamente entrópico que a menudo resulta ser Internet encontré la extraordinaria historia de una anciana cuya familia tenía por una persona profundamente católica. Al morir la señora de cáncer de pulmón, los familiares fueron a limpiar la casa y se llevaron una sorpresa tremenda. 

Este texto es mi pequeño homenaje a tan maravillosa personita.
Donde quiera que estés… descansa. 

1.

     El coche se detiene delante de la verja dejando a su paso un reguero de gravilla muerta.

Mamá abre la puerta que daba al jardín. En los pocos meses que han pasado desde la muerte de la tía la naturaleza se ha rebelado contra la férrea mano que la había estado atenazando durante años, y macizos de violetas y rosales en todo su esplendor se entrelazan con abrojos y toda clase de hierbas silvestres en alegre mezcolanza. Al final del exiguo caminito empedrado y serpenteante, la humilde casa hace las veces de frontera entre el jardín y lo que un día fuera propiamente huerto. A lo lejos, detrás de la balsa se mecen, perezosos, los frutales.

—Venga, al lío de una vez. Cuando antes terminemos, antes nos vamos.

Jan no dice nada, pero no necesita hacerlo para demostrar que se encuentra incómodo; los ojos de mamá, en cambio, se quejan a gritos de la maravillosa tarde de té, scones y cotilleo corrosivo que está irremisiblemente condenada a perderse. Las instrucciones son claras: inspeccionar la casa para comprobar que no queda nada de valor antes de contratar a la brigada de limpieza que se encargará de adecentar y pintar la propiedad antes de ponerla a la venta.

—No dejéis ningún rincón sin revisar, por favor. Que no quede nada que podamos echar de menos más adelante.

No lo admitirán ni en un millón de años, pero mamá y Jan fantasean desde hace meses con que la tía sea una de esas típicas señoras que atesoran una fortuna debajo de cualquier colchón, cojín o superficie de difícil acceso. Yo no. Yo solo quiero terminar, terminar de una vez; cerrar la puerta y no volver jamás.

—Mamá, voy a llegar tarde al aeropuerto. ¿No podemos hacer esto otro día? Solo voy a estar fuera dos semanas.

—Ya salió la diva.

—A ti nadie te ha preguntado, mocoso.

Una corriente de aire hace que la puerta de la entrada se cierre con un golpe seco. Los tres pegamos un respingo.

—¿Os parece momento y lugar de discutir?

Entramos. La casa exuda un olor rancio, mitad a cerrado, mitad a humo condensado en las cortinas levemente amarillentas. Nunca vi a la tía fumar. Sin embargo, a juzgar por el olor que ha quedado impregnado y por la enfermedad que se la había acabado llevando, aquel debía de ser uno de sus placeres privados y habituales. Las habitaciones parecen haber encogido durante los años que llevo sin pisarlas. ¿O soy yo que me he hecho, súbitamente mayor? “Cómeme”. “Bébeme”. ¿Cuál de aquellos brebajes había sido la poción mágica que engullí sin enterarme? ¿Cómo ha pasado el tiempo así?

Nunca le tuve demasiado cariño a la tía. Recuerdo, sí, la casa: las interminables comidas familiares de domingo, las eternas esperas antes de que nos dejaran bañarnos en la balsa, los juegos a cualquier cosa que nos permitiera matar el aburrimiento con cualquiera de mis primos, tan aburridos como yo. Pero también, a veces, las tardes de verano en su compañía. Las confidencias bajo los frutales, el columpio improvisado, la urgencia de volar alto, más alto y no aterrizar jamás. Los sorbos furtivos de licor de frutas. Las historias susurradas bajo los frutales de mundos lejanos, de seres imposibles, de hazañas legendarias. Y, sobre todo, las noches de verano durmiendo en la inmensa cama de hierro forjado con el Sagrado Corazón, radiante en su magnanimidad, presidiendo  la cabecera. El vestido de los domingos. La moneda para comprar chucherías después de ir a misa con ella. La voz meliflua y untuosa del sacerdote. El eterno olor a cirio. La silueta de la tía arrodillada en el siniestro reclinatorio del confesionario. Su andar lento y pausado en la fila de la comunión, las manos ceremoniosamente colocadas para recibir la oblea, como una muerta viviente esperando a ser resucitada del todo. Mi negativa, en cuanto tuve algo de voz y voto, a hacer yo lo mismo.

El miedo. El rechazo. La pura aprensión.

—¡Edda!

—¿Qué?

—¿Quieres empezar a hacer algo o qué? Luego nos quejaremos de que es tarde.

Por no escucharlos a ninguno de los dos, subo la escalera de madera hacia el piso de arriba. Oigo ruidos en la habitación de la tía: Jan debe haber acudido a la llamada de esa ley universal no escrita por la cual las señoras solteras de cierta edad esconden su tesoro en efectivo bajo algún rincón de su propio cuarto.

Un grito mitad de sorpresa, mitad de asco ahogado por el ruido de algo pesado al caerse que proviene de la habitación de la tía me deja clavada en mitad de la escalera.

—¿Pero qué co…?

Mamá y yo nos precipitamos corriendo escaleras arriba y, a empujones, abrimos la puerta de par en par.

—¡Venid a ver esto! ¡La vieja era satánica o algo!

—¿Pero qué va a ser satánica? Tu tía vivía prácticamente en la iglesia, era extremadamente devota y el cura y ella se llevaban súper bien. Todo el vecindario recuerda sus mercadillos solidarios, era la voz más bonita del coro de la parroquia. ¿De verdad no podías intentar ser un poco más respetuoso?

—Pero es que… ¡mirad!

Miramos.

En la esquina izquierda de la habitación de la tía hay un cubículo de madera que había sido originalmente un rudimentario excusado. La tía se había deshecho en algún momento de cualquier elemento que recordada tan prosaica función y, en lugar de los muebles originales, se había construido lo que parecía un sencillo altar de madera flanqueado por dos cojines grandes y polvorientos, otrora mullidos y de colores brillantes. Sobre el altar, papeles amarillentos por el paso del tiempo, velas a medio consumir también cubiertas de polvo y una tosca estatuilla de madera; colgadas en las paredes, cuartillas escritas a mano, partituras como las que también hay en el altar. Fotografías.

Nos acercamos al altar. La estatuilla parece representar una figura humana sosteniendo un instrumento de cuerda, un arpa o una lira. Las cuerdas del instrumento, extrañamente densas, se han aflojado debido al paso del tiempo y parecen querer deshacerse entre las manos de la figura. El aire se ha vuelto de pronto pesado con el olor de algo orgánico, vivo, que parece irse descomponiendo.

Jan echa mano a la figura y la levanta del altar: tiene una inscripción en la base grabada en runas. Todos los niños de mi escuela sabemos leer en runas: es algo que se aprende, inevitablemente, en clase de historia o de plástica o en alguna excursión y se utiliza  para pasarse mensajes secretos durante las clases hasta acabar la secundaria.

—¿Bragi? ¿Pero qué diantres es Bragi?

—¡PUAG! ¡PERO QUÉ ASCO!

Mamá acaba de meter la mano en un cestito que hay en una esquina del altar y contiene tres manzanas grandes, fragantes y ya medio podridas.

—¿Veis? ¡Os lo dije! ¡La vieja era satánica!

—¡Jan! ¡Basta! Esto es una locura, es una… ¡blasfemia!  Hija, por favor, encárgate de deshacerte de esto antes de irnos; Jan, vamos para abajo a acabar de revisar la cocina y el patio. ¿Has mirado la despensa y la habitación de invitados? ¿Y dentro del piano del saloncito? Al final se nos va a hacer tarde de verdad…

2.

     La casa está en silencio. A lo lejos, el viento agita las ramas de los árboles del vecindario y silba su canción traída de lugares temibles y lejanos. Hace ya rato que la familia se ha ido después de cenar y los sobrinos duermen.

Por fin.

Normalmente, espera a estar sola para encontrarse con ella misma y con el lo divino, pero hoy no ha podido esperar. La niña va creciendo, a pesar de todas las adversidades va creciendo, y un talento inesperado, puro, vigoroso y alegre como un arroyo en un bosque de maleza parece brotar de su aún joven cuerpecillo.

Hay para estar agradecida.

Por la tarde ha ido al jardín a recoger las primeras manzanas de la temporada con la excusa de hacer una tarta para los sobrinos. La tarta descansa sobre la mesa de la cocina, pero las dos manzanas más grandes y brillantes de aquella primera tanda han ido a parar a un cestito de mimbre. Ahora, cuando todos duermen, es el momento.

Saca una caja mediana del armario donde guarda la rudimentaria figura del dios y vuelve a cerrarla; utiliza la tapa a guisa de altar cubriéndolo con un paño fino, dorado y suave. Enciende una vela y luego otra con ojos rebosantes de determinación; del rincón más recóndito de la cocina ha subido una botellita de licor de miel, que ofrece en un dedal a los pies de la estatuilla justo antes de servirse otro para ella.

—Aquí tienes, buen Bragi; aquí tienes, bella Idunna: aceptad estas ofrendas en pago a la generosidad que mostráis con los dones de mi pequeña Edda. Por favor, caminad siempre a nuestro lado y nunca, nunca nos soltéis de la mano.

No es la primera vez. Le gusta subir a refugiarse en compañía del dios nórdico de la poesía y de su bella esposa, Idunna, garante de la eterna juventud de los dioses, a quienes da de comer manzanas doradas para preservar sus dones, tanto como puede. La reconfortan y la alivian en su cada día más acuciante y, a la vez, atesorada soledad; la hacen sentir viva de una manera que ninguna iglesia podría hacerla sentir jamás. A menudo, compone canciones en el ajado piano del saloncito y le ofrece las partituras donde las acaba plasmando; otras, las menos, versifica los deseos y la nostalgia de su corazón —que un día fue, también, joven—  y le ofrece al dios retazos de su propio ser garabateados con tinta en sencillas cuartillas furtivas.

—Algún día —les dice, en voz baja, amorosa y decidida— cuando estos crezcan, os podré construir un altar, sencillo, para vosotros solos. Y así  siempre podréis tener hidromiel y manzanas frescas para saciar vuestro apetito de manjares terrenales.

Y su voz, profunda y rica, acompaña la canción ululante del viento y se cuela, libre al fin, por las rendijas de todas las ventanas del barrio para acariciar los corazones de los vecinos y ayudarlos, sin ellos saberlo, a sobrellevar con alegría, determinación y entereza la pesada carga de los secretos que todos llevamos dormidos en el corazón.

3.

—¡Venga, Edda, vámonos!

La voz de mamá, entre enfadada y ansiosa, me urge a terminar lo que estoy haciendo y correr hacia el coche. Apenas tengo tiempo de echar una última mirada al manzano, cuyos alrededores han sido tomados por la maleza.

—¡Pero venga, hija! ¡Vamos a llegar tarde de verdad!

Llevo conmigo algunas cuartillas escritas por la tía y todas las fotografías excepto un par que, no sé por qué, he tenido la sensación de que le hubiera gustado conservar.  De una de ellas me fue especialmente imposible desprenderme: se ve a una mujer, joven y vigorosa, que sujeta la banqueta del piano de un lugar elegante. Hay una niña sentada en esa banqueta; los deditos apenas le llegan a las teclas y necesitaría dos veces su altura para alcanzar los pedales del piano; sin embargo, el fuego de la determinación se puede adivinar en aquellos ojos redondos y brillantes.

Esa niña soy yo.

Cuántas veces le habré preguntado a mamá que de dónde venía mi nombre. “Eso es cosa de tu tía”, contestaba invariablemente ella. Y yo, secretamente, odiaba a aquella vieja beata y desapegada por haberme puesto un nombre de abuela en vez de los alegres y sonoros nombres con los que se paseaban, orgullosas, mis compañeras de colegio.

Sigo sin saber la razón. Lo único que pasa es que, ahora, sé que hay alguna. Y no pienso parar hasta encontrarla.

El resto de papeles los he enterrado al pie del manzano junto con la estatuilla y el cesto con las manzanas. También me las he apañado para encontrar la botella del licor de miel en el cuartito de la tía y vaciarla, entera, una vez enterrado todo lo que era suyo.

Durante un segundo, no, menos de un segundo, me pareció notar un fulgor de velada aprobación en los ojos huecos y profundos de la talla.

Chorradas.

¿Quién eres, Bragi? ¿Qué tienes que ver con mi tía? Y… ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?

—Dondequiera que estés… descansa, tía.

El coche acelera y dejamos atrás la casa. En los ojos de Jan apenas alcanza a disimularse desilusión: un exiguo ejército de cinco soldados de plomo constituye todo su botín en metálico. En cambio, una expresión de alivio parece dibujarse en la cara de mamá a medida que pisa el acelerador y nos vamos alejando de casa de la tía.

Tenemos menos de una hora y media para llegar al aeropuerto.

Los chicos hace ya días que me esperan. Mañana damos nuestro primer concierto en el enorme auditorio de la ciudad.

Una vida nueva está a punto de empezar.

 

 

 

 

 

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: