¡Hala, pues, 2017!

No es que hayas sido malo, 2017, no te estoy regañando por eso.  Sin embargo, me vas a reconocer que has sido harto complicadete y, a qué negarlo, un poquito bastante cabrón. No conozco a nadie a quien las transiciones le resulten divertidas y tampoco es que me haya pasado la vida hablando con orugas, la verdad. Pero pocas sensaciones hay tan desconcertantes como la de estar cambiando, sin previo aviso y sin quererlo, la propia, calentita y confortable piel. Y ahí te has cebado, hijo de tu bruta madre.
Has sido un año de reencuentros, sí, sobre todo conmigo misma. Volver a los orígenes para crecer desde allí tiene cosas fascinantes, pero también es abrir una caja de Pandora que, te voy a ser sincera, me apetecía un carallo abrir. Porque, ¿sabes? hay fantasmas que no tenía malditas las ganas de despertar, que estaban la mar de bien, ahí, dormiditos, con doscientas mantas polvorientas, harto litros de buen vodka y dos buenas décadas de años encima. Fantasmas a los que ya no puedo combatir como solía y contra los que espero que las nuevas armas que dan la edad y la experiencia valgan de algo, porque si no voy de culo y contra el viento. Cabronazo, más que cabronazo. Devolverme a donde yo más quiero así, sin avisar, en un puto tren de Cercanías, muerta de sueño y viéndolo todo brillante, con el balance de blancos mandado a hacer deporte, como me pasa siempre que duermo poco, trabajo mucho y fuerzo la máquina más de lo que toca. Conservo los trazos rabiosos, garabateados en la misma libreta que utilizo para tomar apuntes, la transliteración robada a la Wikipedia. Cincuenta kanji tenía para estudiarme, so mala bestia, cincuenta pictogramas que no me aprenderé nunca. Muy bonito, hombre, con lo que me estaban costando las clases de japonés y con lo que llegué a sufrir con las lenguas germánicas.
En fin. Tú y las Nornas sabréis lo que os traéis entre manos, yo a estas alturas poco tengo que decir ya.
Y el reencuentro. Y la alegría salvaje. Y el alivio y el vértigo y el miedo a lo desconocido y a mí misma. Y la elación imposible de describir con palabras. Y la resistencia, la lucha, la victoria, y la capitulación.
Hala pues, 2017, a cascarla. Porque, por tu culpa, tengo muchísimo trabajo que hacer el año que viene. Y, ¿sabes qué? Que muchísimas gracias, mal bicho. Desde el oscuro fondo de mi maltrecha alma, muchas gracias.

 

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