Cuentos y leyendas (I) Predestinación antes de Yule

Hace muchos, muchos años, en una isla remota de un fiordo remoto de un país remoto en el norte de Europa nació un niño chiquitito y breve, con la piel blanca y suave como los guantes de Freyja y los ojos azules y brillantes como las aguas del Manantial de Mimir. Era un día de noviembre frío y ventoso, y la nieve había empezado a dibujar postales de Yule en el adusto paisaje otoñal. Los padres del niño agradecieron a los dioses el regalo de una nueva vida, envolvieron al pequeño en cálidas pieles, le hicieron un hueco al amor de la lumbre y lo llamaron Einar, «guerrero solitario».

Cuenta la leyenda que, al caer la noche, el pequeño Einar sintió frío en los pies y empezó a llorar desconsoladamente. Por más que sus padres lo intentaban, no había manera de acallar el lamento desgarrador de aquel niño. Pareciera que sus pulmones hubieran sido forjados por los mismísimos hijos de Ivaldi.

Tan desconsolado era su llanto que el buen Bragi, dios de la música y la poesía, escuchó a lo lejos el tremendo lamento e, incapaz de concentrarse en sus quehaceres, decidió bajar al mundo de los hombres a averiguar quién estaba perturbando la paz con sus vagidos de aquella manera.

—Tal vez pueda consolarlo con mi canto —pensó en voz alta el buen dios— y hacerlo dormir al son de mi lira. Los inviernos son fríos y crueles en el norte de Midgard.

—Déjame acompañarte, buen Bragi —le pidió Idunn, su mujer,— y llevar conmigo un cesto con manzanas doradas. Así podré dejarlas en silencio en aquellos hogares con chicas que estén secretamente preocupadas por su belleza: cuando las muerdan, encontrarán la belleza que se esconde en el interior de todas las mujeres.

Idunn preparó el cesto con las manzanas mágicas y metió también mantas para el camino y el cuerno lleno de la hidromiel de la poesía, regalo de Odín, el Padre de Todos: era de aquel cuerno de donde a Bragi le gustaba beber, sentado alrededor del fuego con otros dioses en animada camaradería, para encontrar la inspiración divina. A pesar de que sabía que estaba prohibido llevar elementos divinos al mundo de los hombres, la diosa no pudo resistirse a echar al cesto aquellas dos naderías.

—¿Lo llevas todo, dulce Idunn?

—Todo lo necesario, buen Bragi.

Y, sin decir nada más, ambos dioses se pusieron en marcha.

El camino era largo y la noche, fría; sin embargo los dioses se iban orientando por el llanto de aquel niño que parecía no querer callarse nunca. Tardaron nueve días con sus correspondientes noches en llegar ante la puerta de la casa de donde parecían provenir los desconsolados lloros. La nieve había tejido un manto blanco sobre la capucha que vestía Idunn y escarchado la barba del buen Bragi.

Una mujer, ojerosa y solícita, abrió la puerta.

—¿Pero qué hace una pareja tan joven y bien parecida ahí afuera, con este viento y este frío? Pasen, pasen y disculpen el desorden de mi humilde casa: mi hijo recién nacido no hace más que llorar de día y de noche y ya no sé qué hacer: es como si no le gustara haber venido al mundo de los vivos. Ya no sé qué decirle, qué cantarle, qué darle de comer. Mi marido no duerme por las noches y por las mañanas no puede ir a trabajar los campos… ¡pero no se queden de pie, por favor, tomen asiento y acepten algo caliente y posada para pasar la noche!

Complacida por la cálida hospitalidad de la mujer, Idunn le regaló manzanas para hacer compota y se ofreció a intentar calmar al pequeño.

—Déjeme calentar los pies del niño con mis manos, buena señora: tal vez su calor le proporcione alivio. Mientras tanto, permita que mi marido y el suyo calienten sus corazones con la hidromiel que hemos traído con nosotros; más tarde, cuando su hijo esté tranquilo, podremos unirnos a ellos.

Sin atreverse a replicar que eso mismo llevaba ella intentando hacer durante nueve noches seguidas, la madre del niño accedió a la petición de Idunn. La diosa se acercó al hogar a cuyo abrigo descansaba el pequeño Einar, tomó los piececitos del bebé entre sus manos y empezó a frotarlos enérgicamente. De inmediato, el niño dejó de llorar y sus entumecidos piececitos empezaron a entrar en calor.

En aquel momento Bragi, cuerno de hidromiel en ristre, se acercó a ver por qué portentoso procedimiento su bella esposa había hecho callar al pequeño. El dios se asomó a la cunita para ver la redonda y sonriente cara del bebé, que había dejado de llorar y, con una manzana en el regazo, tendía las manitas hacia la diosa. Bragi quiso pasarle el cuerno a Idunn para acariciar él también al bebé pero, como él todavía tenía las manos entumecidas por el frío debido al largo viaje y al contacto con la bebida, el cuerno se le resbaló y su contenido se derramó por toda la cuna empapando de arriba abajo niño, embozo, manzana y pieles.

—¿Y ahora qué hacemos, buen Bragi?

—Ahora ya has hecho lo que habíamos venido a hacer, bella Idunn, y tenemos que volvernos rápidamente por donde hemos venido. No podemos quedarnos aquí ni un minuto más, pues la hidromiel de los dioses acaba de empapar de los pies a la cabeza a uno de los hijos de los hombres y nadie debe saber, por su bien y por el nuestro, que ha sido por nuestra causa.

Y, disculpándose atropelladamente por su torpeza, la pareja divina se despidió a toda prisa de los habitantes de la casa y se adentró en la espesura del bellísimo, frío e inhóspito paraje por el que habían venido. Envueltos en bruma y pieles, echaron a andar bosque a través sin mirar atrás.

Tal día como hoy, en una isla remota de un fiordo remoto de un país remoto en el norte de Europa nació un niño chiquitito y breve, con la piel blanca y suave como los guantes de Freyja y los ojos azules y brillantes como las aguas del Manantial de Mimir. Un niño llamado a ser, a su debido tiempo, poeta de poetas, escaldo de escaldos, imagen y voz en nuestro tiempo de sones perdidos de tiempos lejanos.

Feliz cumpleaños, mi adorado Einar: que se cumplan todos deseos y todos tus sueños te sean concedidos; que las Nornas cincelen el más amable de los caminos para tus andanzas por nuestra Midgard y la vida te devuelva  multiplicada por tres veces tres la inconmensurable felicidad que nos regalas con tu arte.

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